
Como madrileña de nacimiento, me siento totalmente vinculada a la vitalidad de esta ciudad, errática por su íntima diversidad, fiel a sus orígenes ancestrales y guiada por la Diosa Cibeles.
Cuando un extraño llega a esta ciudad lo primero que agradece es su hospitalidad, ese pequeño calor de acogida que le hace sentirse más seguro, y cerca de ser uno más de esta vasta comunidad. No importa su procedencia, ni su pasado, solo que esté dispuesto a enriquecer con su presencia y su trabajo esta metrópoli variopinta, que su comportamiento, respetando su cultura, no altere el desarrollo vital de esta ciudad.
Los madrileños de cuna no somos conscientes en la mayoría de las ocasiones de esta riqueza cultural y a veces sería necesario mirar atrás y ver mejor desde la distancia este laberinto de barrios, avenidas, callejuelas y plazas tan diversas y a la vez tan armónicas, como si hubiesen existido desde siempre.
Quisiera hacer un homenaje a nuestra lengua cervantina, ese nexo de unión entre multitud de pueblos y países, ese vínculo imprescindible, que nos hacen sentir orgullosos de poseer la lengua más rica, versátil y variopinta del mundo, cimiento de nuestro carácter y vehículo de nuestras ideas.

